A veces sacamos muchas fotos de un día y, al final, ninguna cuenta realmente lo que pasó. Una historia no necesita cantidad, sino orden. Con pocas imágenes bien elegidas puedes contar un paseo, una comida familiar o una tarde en la playa, de modo que quien las vea sienta que ha estado allí. Es un ejercicio divertido y sencillo que además enseña a mirar con más atención.
Un principio, un desarrollo y un final
Piensa en tu historia como en un cuento corto. Necesita un comienzo, que sitúa el lugar, un desarrollo, donde ocurre algo, y un final, que cierra la escena. Por ejemplo, para una excursión: la llegada al pueblo, un momento del camino, un detalle que te llamó la atención, la comida en la terraza y la despedida al atardecer. Con unas pocas imágenes basta para transmitir el ambiente.
Varía el tipo de foto. Una imagen general muestra dónde estás; una de plano medio muestra a las personas y lo que hacen; un detalle, como unas manos, un plato o unos zapatos llenos de arena, aporta emoción. Al combinar estos tres tipos, la historia respira y resulta más rica. Si todas las fotos se parecen, el relato se vuelve monótono y el ojo se cansa enseguida.
Cuida el orden y el ritmo. Coloca las imágenes de modo que cada una lleve a la siguiente, y deja que haya momentos tranquilos entre los más animados. Ponles, si quieres, un título breve o una frase corta, que no explique demasiado. Una historia funciona mejor cuando deja algo a la imaginación del que mira. A veces una sola foto de despedida dice más que muchas explicaciones.
Practica en casa. Elige un día normal, como un domingo en familia, y trata de contarlo con pocas fotos. Puedes hacerlo con los niños, y que cada uno decida cuál es la imagen más importante. Al final, haz una pequeña selección y enséñasela a alguien. Comprobarás que, con menos imágenes, cada una pesa más. Y si hay personas en ellas, pregunta siempre antes de mostrarlas más allá de casa.